19 enero, 2016

Partida de ajedrez



Yacen tus figuras abatidas, en un tablero de ajedrez.

Los peones, los alfiles, los caballos, las altas torres de las almenas fueron, finalmente, incapaces de resistir el incansable embite del contrario. Sus piezas tampoco han salido indemnes del combate. 

Es un campo desolado el que ante ti se muestra.

Has soportado muchos jaques. Has avanzado, huido y retrocedido muchas veces. En ocasiones sentiste muy cerca la victoria -dos jugadas más y el rey ya es mío- pero había siempre una sorpresa, un movimiento inesperado, una jugada traicionera, que volvían a reiniciar la lucha y su suspense.

La partida dura ya demasiado. El cansancio empieza a hacer mella entre nosotros y la inercia -mueve y pierde, pierde y mueve- de no esperar victoria alguna ni derrota.

Cada vez más a menudo, te invaden los deseos de levantarte de la mesa, y con un golpe brusco derribar las fichas y el tablero. Mandarlo todo al olvido, tirar todo por tierra: el tiempo, la pasión, el amor, la entrega. El cuidado exquisito en cada movimiento, los halagos, los rescates, la paciencia, las largas horas en acecho y la confianza inútil de unas huellas. 

Empiezan a pesar como una losa todas las jugadas conocidas, los cuadros blancos y negros del tablero, el reloj que no cesa, y el lugar se ha convertido en un espacio claustrofóbico y sin salida. 
Ni un rayo de luz, ni un poco de aire fresco. Todo aquí está viciado, sombrío y solitario. 

Sólo una palabra, un movimiento rápido, un gesto, un impulso necesario y el valor suficiente para abandonar al rey a su destino.


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01 agosto, 2013

Llegar al final

"Sólo quiero llegar al final. (...) El final de mi vida con él.
Saber en qué punto nos atascamos, eso dije al principio que quería.
Un recurso retórico.
Nos atascamos de muchas formas. Nos atascamos donde todo el mundo se atasca. Nos atascamos por pensar que la vida era infinita. En ese error de cálculo se originan los mayores tropiezos. Nos atascamos porque ni él tenía aguante para atarse a mí ni yo tenía coraje para soltarme. Nos atascamos porque él se educó callando, no poniendo nombre a las cosas, y yo me eduqué en el mundo de mi madre, que era un mundo de palabras. Nos atascamos porque no éramos iguales ni demasiado diferentes. Nos atascamos porque él había reducido el perímetro de su defensa a un palmo y yo aún creía en librar batallas en campo abierto. Nos atascamos porque su depurado solipsismo lo llevaba a conformarse con lo no expresado y yo exigía hechos. Nos atascamos porque ambos creíamos merecer más de lo que teníamos. Nos atascamos porque él no supo crecer y yo tampoco. Nos atascamos porque compartíamos a mi madre, un recuerdo que tal vez él habría querido remoto de no haber estado yo, pero que para mí era una realidad cotidiana que me obligaba a defender y reivindicaba más allá de lo necesario. Nos atascamos porque, a consecuencia de eso, teníamos puntos de vista diferentes acerca del pasado. Nos atascamos porque le hice acreedor de una deuda que quise cobrarme cuando ya había expirado. Nos atascamos porque las grandes enseñanzas de la vida a menudo llegan demasiado tarde.
Una cantidad de vida. De vida atascada.
¿Qué aprendimos del último trecho?
Que perdimos el tiempo. Y que las cosas tienen siempre un final y que, cuando ese final llega, es mejor que nos deje en paz."


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13 mayo, 2013

Desamor

Fotografía: Courti Benoit

Lo he intentado. De verdad que lo he intentado.

He ensayado la sonrisa, la palabra, el gesto.
Me he levantado una y otra vez.
He olvidado, escondido, disimulado,
he remontado el vuelo a pesar de las alas heridas.
He cerrado los ojos, he respirado hondo
para volverlos a abrir, dibujando otra mirada.

Te he reinventado cada día,
adornado,
disculpado,
perdonado,
transformado.

He pasado página,
arrancado hojas,
borrado párrafos enteros,
he puesto comas, puntos suspensivos, dos puntos
y algún punto y aparte.

Me he apartado, alejado,
me he vuelto invisible.
He llorado y suplicado,
recurrido a chantajes y amenazas,
a la ternura y al abrazo,
a las palabras de amor, al recuerdo y la nostalgia.

Pero ha llegado el momento,
de darme por vencida,
de quedarme al borde del camino,
y sacar bandera blanca,
de abandonar el campo de batalla,
olvidar cualquier clase de estrategia,
deponer las armas,
y batirme en retirada.

Nada me sirve ya para esta lucha,
en la que cualquier cosa que emprendo
está condenada de antemano.







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21 mayo, 2010

Y no importaba


PAISAJE

Todo era mar
y el viento no importaba.
Ahora imagina ese mar inmenso.
Imagina la luz.
El mar y tú.
Nada más. Nada alrededor.
Parece no quedar ningún signo.
Pero tú sabes que el mar es poco
comparado con su silencio.
Tu tristeza, más profunda
que la negrura inalcanzable
de su fondo.
Y tu esperanza, como ese faro
que ahora se apaga,
ahora se enciende,
ahora se apaga.

(Isabel Bono, Poemas reunidos Geyper, Málaga, Eppur, 2oo9)

Foto: Playa del Silencio (Asturias)

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06 diciembre, 2009

La arena y la roca

Dice una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y discutieron. Uno acabó dando al otro una bofetada. El ofendido se agachó y escribió con sus dedos en la arena: “Hoy mi mejor amigo me ha dado una fuerte bofetada en la cara”.

Continuaron el trayecto y llegaron a un oasis, donde decidieron bañarse. El que había sido abofeteado y herido empezó a ahogarse. El otro se lanzó a salvarlo. Al recuperarse del posible ahogamiento, tomó un estilete y empezó a grabar unas palabras en una enorme piedra. Al acabar se podía leer: “Hoy mi mejor amigo me ha salvado la vida”.

Intrigado su amigo, le preguntó:

–¿Por qué cuando te hice daño escribiste en la arena y ahora escribes en una roca?

Sonriente, el otro respondió:

–Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir la ofensa en la arena, donde el viento del olvido y del perdón se encargará de borrarla y olvidarla. En cambio, cuando un gran amigo nos ayuda o nos ocurre algo grandioso, es preciso grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento de ninguna parte del mundo podrá borrarlo.



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