08 junio, 2017

Autorretrato

Porque el poeta y prosista polaco Adam Zagajewski ha sido distinguido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017 y yo vivo con este autorretrato a cuestas...



Autorretrato

Entre ordenador, lápiz y máquina de escribir
se me pasa la mitad del día. Algún día se convertirá en medio siglo.
Vivo en ciudades ajenas y a veces converso
con gente ajena sobre cosas que me son ajenas. 
Escucho mucha música: Bach, Mahler, Chopin, Shostakovich.
En la música encuentro la fuerza, la debilidad y el dolor, los tres elementos.
El cuarto no tiene nombre.
Leo a poetas vivos y muertos, aprendo de ellos
tenacidad, fe y orgullo. Intento comprender
a los grandes filósofos -la mayoría de las veces consigo
captar tan sólo jirones de sus valiosos pensamientos.
Me gusta dar largos paseos por las calles de París
y mirar a mis prójimos, animados por la envidia,
la ira o el deseo; observar la moneda de plata
que pasa de mano en mano y lentamente pierde
su forma redonda (se borra el perfil del emperador).
A mi lado crecen árboles que no expresan nada,
salvo su verde perfección indiferente.
Aves negras caminan por los campos
siempre esperando algo, pacientes como viudas españolas.
Ya no soy joven, mas sigue habiendo gente mayor que yo.
Me gusta el sueño profundo, cuando no estoy,
y correr en bici por caminos rurales, cuando álamos y casas
se difuminan como nubes con el buen tiempo.
A veces me dicen algo los cuadros en los museos
y la ironía se esfuma de repente.
Me encanta contemplar el rostro de mi mujer.
Cada semana, el domingo, llamo a mi padre.
Cada dos semanas me reúno con mis amigos,
de esta forma seguimos siendo fieles.
Mi país se liberó de un mal. Quisiera
que le siguiera aún otra liberación.
¿Puedo aportar algo para ello? No lo sé.
No soy hijo de la mar,
como escribió sobre sí mismo Antonio Machado,
sino del aire, la menta y el violonchelo,
y no todos los caminos del alto mundo
se cruzan con los senderos de la vida que, de momento,
a mí me pertenece.

Versión de Elzbieta Bortkiewicz

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07 octubre, 2011

Autorretrato



Del lápiz a la máquina de escribir, y de ahí
al ordenador, se me va la mitad del día.
Algún día todo eso sumará medio siglo.
Vivo en ciudades ajenas y a menudo converso
con gente ajena sobre asuntos que me son ajenos.
Escucho mucha música: Bach, Mahler, Chopin, Shostakovich.
En ella encuentro la fuerza, la debilidad y el dolor: tres elementos.
El cuarto carece de nombre.
Leo a poetas vivos y muertos, aprendo en ellos
tenacidad, fe y orgullo. Me esfuerzo en comprender
a los grandes filósofos –aunque casi nunca obtenga
más que jirones de sus valiosos pensamientos.
Me gusta dar largos paseos por las calles de París
y observar a los otros, movidos por la envidia,
la ira o el deseo; contemplar la moneda de plata
que va de mano en mano y poco a poco va perdiendo
su forma redonda, mientras se borra el perfil del emperador.
Junto a mí crecen árboles que no significan nada,
más allá de su verde perfección indiferente.
Aves negras sobrevuelan los campos
a la espera de algo, pacientes como viudas españolas.
Ya no soy joven, pero aún hay mucha gente mayor que yo.
Me gusta el sueño profundo, cuando dejo de estar,
andar en bicicleta por caminos rurales, cuando álamos y casas
se diluyen como nubes con el buen tiempo.
A veces un cuadro en un museo me dice algo
y la ironía se esfuma de pronto.
Adoro contemplar el rostro de mi mujer.
Todos los domingos llamo a mi padre.
Cada quince días me reúno con mis amigos:
es nuestra forma de sernos fieles.
Mi país se liberó de un mal. Quisiera
que le quedase aún derecho a otra liberación.
¿Puedo hacer yo algo por ello? No lo sé.
No soy hijo de la mar,
como de sí mismo dijo Antonio Machado,
sino del aire, la menta y el violonchelo,
y no todos los caminos del alto mundo
se cruzan con los senderos de la vida
que me pertenece todavía.

                  Adam Zagajewski
                  Fotografía: Geoffroy Mathieu

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