De vez en cuando leo libros de autores de los que nunca he oído hablar, de los que no encuentro críticas en revistas especializadas, de los que sólo hablan en algunas páginas -dudosas- de Internet. Los leo para desafiar al destino, para burlarme de los hados, para hacerle un quiebro a las estadísticas, para demostrarle a esa otra que soy tan a menudo, que también puedo hacer lo que ella nunca haría.
De vez en cuando como comida basura. De esa, sí, de la que jamás hablan en los reportajes gastronómicos ni en las guías de buenas maneras. Me atiborro placenteramente de productos prohibidos por dietistas, cocineros, gourmets y demás gurus de la alimentación. La como para saltarme las normas, lo políticamente correcto en alimentación sana, para sentir como se deshacen en mi paladar, atraviesan mi garganta, se depositan en mi estómago sin provocar ningún cataclismo, sin efectos secundarios, sin contraindicaciones ni resultados adversos.
De vez en cuando escucho música de los cuarenta principales con verdadera pasión y entrega absoluta, me tupo a canciones ñoñas, letras sin sentido, me apasiono con las melodías repetitivas, facilonas y simples, que repito después mientras plancho o cocino. La escucho para sentirme joven de nuevo, para volver a ser la que fui cuando no tenía prejuicios ni juicio, para sentir el olor de aquella piel o el tacto de aquella mano o la suavidad de aquellos labios, bajo las pecas de mi nariz adolescente.
De vez en cuando pongo la tele y me paso unas horas sin sentido, saltando de un canal a otro, dejándome llevar por gritos y susurros, abandonándome, casi de forma lasciva a cotilleos, mentiras, palabras burdas, historias vulgares sin ningún tipo de interés. La pongo para acallar mis ruidos interiores, mis contradicciones, mis desesperaciones, mi melancolía. Para ponerle una ruidosa banda sonora a silencios que duelen, a ausencias enormes, para vaciarme de todo lo que me abruma y no ser yo durante unos instantes.
De vez en cuando huyo de todo. Me voy al monte y me dejo envolver por la niebla. Me pierdo por la carretera que sube haciendo curvas imposibles, hasta llegar a la cima, y allí, parada en un camino cualquiera, cierro los ojos, o dibujo con el dedo en el vaho que se ha formado en los cristales de las ventanillas del coche. Huyo de todo para volver de nuevo, para seguir, para encontrarle sentido a algunas cosas, para hacerme promesas que nunca cumplo, para tomar decisiones que nunca sigo. Para intentar comprender y comprenderme.
Avanzamos metidos en lo nuestro tu secreto que es mío mi secreto que es tuyo sin problemas las pasiones se unen con fuerza interior todo lo compartimos en el sueño oscuro con oscuro cuerpo a cuerpo a veces son ternuras del espíritu abrazos con candado si enfrentamos de apuro al espejo la sorpresa lo empaña sus ojos son los nuestros quién lo duda mejor dicho una copia clandestina por eso es tan ajena la mirada no queremos abandonar lo propio así que no nos vengan con destellos extraños avancemos metidos en lo nuestro tu secreto que es mío mi secreto que es tuyo
"Ah, aquellos días... Muchos años después, su felicidad todavía me obsesionaba. A veces, cuando oigo música, me dejo llevar y nada ha cambiado. El largo final del verano. Un día caluroso tras otro, voces que suenan mientras llega la noche y las ventanas encendidas puntean la oscuridad; y, al amanecer, el rumor del trigo y el olor caliente de los campos maduros para la siega. Y ser joven.
Si me hubiese quedado allí, ¿habría sido feliz siempre? No, supongo que no. La gente se traslada, envejece, muere, y la luminosa creencia de que habrá alguna otra maravilla a la vuelta de cada esquina se desvanece. Es ahora o nunca; debemos agarrar la felicidad antes de que eche a volar".
(J.L. Carr, Un mes en el campo, Valencia, Pre-Textos, 2oo4)