22 diciembre, 2010

Pensamiento


(...) amamos las cosas porque las vemos amenazadas, bajo una luz crepuscular. Se dispara nuestro amor cuando nos asalta la conciencia de su vulnerabilidad. Los dioses nos llaman con desprecio "semejantes a hojas" ignorando que es el esplendor de hoja caduca lo que nos conmueve y el temblor rosa de la carne efímera lo que nos enciende. Y así en todo: la madre se enternece de su recién nacido porque lo ve dependiente y frágil; juramos amor eterno porque nos rebelamos a su extinción inexorable; admiramos al hombre valiente porque sabemos que arriesga su única vida; nos conmueve la belleza del otoño porque tenemos en mente el rotar de las estaciones.
JAVIER GOMÁ LANZÓN

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10 agosto, 2010

Mejor así

Si en algunos momentos pudiéramos detener el tiempo, dejarlo paralizado como una imagen fotográfica pero en movimiento.

Estirar las horas felices, en las que no existen la enfermedad, ni la muerte, ni el miedo.

Si pudiéramos congelar algunos instantes, para revivirlos más tardes, en las horas de frío, en las mañanas de niebla, en las noches oscuras en las que el corazón tiembla lleno de desasosiego.

Si nos dieran a elegir qué momentos serían esos que permanecerían embotellados a la espera de ser abiertos en caso de urgente necesidad, de penuria afectiva, de dudas descorazonadoras, de angustias existenciales.

Qué escogeríamos, por qué, cuáles descartaríamos en beneficio de otros, con la incertidumbre de no saber si, más tarde, serían esos precisamente los que necesitáramos...

Está bien, entonces, así.

Que el viento y el tiempo se lleven los recuerdos dejando finas líneas que dibujen el mapa de lo que fuimos.

Está bien así.

Que el tiempo se lleve lo que le corresponda, y consideremos justo el tributo que pagamos por las horas felices, cuando la nostalgia invada nuestras almas.

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