Dos encuentros fortuitos
A veces, así de repente, la vida cambia en unos segundos.
O al menos la forma de enfocarla y vivirla.
Como si todo este tiempo hubiéramos estado esperando, sin saberlo, algo a lo que no podíamos poner nombre, ni cara, ni color, ni forma.
Vivimos como si la vida fuera una sucesión ilimitada de días, de horas, de acciones y comportamientos.
Vivimos cargados de pasado, presionados por el futuro y olvidando el presente -lo más real, lo único que tenemos- mientras relatamos recuerdos o hacemos planes.
A veces nos sumergimos de forma autómata en la rutina convencidos de que esto es lo que hay y lo que toca vivir. Nos adaptamos a la horma de nuestros zapatos o nos colgamos de la percha, cada noche, en nuestro armario.
A veces nos inunda la seguridad de que pocas cosas pueden sorprendernos ya, que hemos tocado techo o fondo, que hemos conseguido todos los objetivos y todas las metas, que hemos tenido hijos, plantado árboles y escrito -si no libros- al menos algunas líneas en algún cuaderno.
Pero la vida no deja de sorprendernos, y cuando menos lo esperamos, pone en nuestro camino una vereda a la derecha o un sendero a la izquierda que nos obliga a cambiar de rumbo como quien no quiere la cosa, sin elegirlo, sin decisiones drásticas, ni luchas -interiores-napoleónicas.
Y eso es lo maravilloso de estar vivo. Esa posibilidad de ser sorprendido, de encontrarte de repente con un paisaje inesperado, con una persona especial, con un deseo que permanecía escondido dentro de ti y al que nunca habías prestado atención.
He tenido en los últimos días dos encuentros casuales (causales?) que han conseguido, si no una transformación, sí una pequeña revolución interior en mí. Dos encuentros que me han llevado -sin sobresaltos- a un cambio de rumbo en ciertos aspectos de mi vida.
¡Y cuánto agradezco a la vida estas pequeñas y agradables sorpresas!
(una de mis baladas favoritas de Scorpions)
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