06 agosto, 2019

Los paraísos perdidos

El Sud Expresso es el centenario tren que une París con Lisboa a través de Hendaya.
Antiguamente era un tren con compartimentos de madera y bancos de escay o skai, ese material pegajoso con el que se fabricaban los sofás de las "siestas" veraniegas en los años 60.
Tenía también un precioso restaurante, a la manera de los trenes-camas europeos, en el que te servían al amanecer un delicioso desayuno portugués de torradas, con manteiga salada y buen café en tacitas de cerámica y manteles de algodón blanco inmaculado.

Hoy, es un tren-hotel con algunos vagones de asientos, al estilo del Talgo, y muchos vagones con compartimentos de camas y literas, con una cafetería en la que sirven cervezas calientes de lata y café malo en vasos de plástico, mientras te sujetas a la barra intentando no perder el equilibrio en el traqueteo incesante de las viejas vías de su recorrido.
En verano suele ir hasta los topes de jóvenes o algunos -todavía- emigrantes portugueses que lo escogen para viajar entre Francia y Portugal recorriendo buena parte del norte español.

Son siete horas y media de trayecto, desde Salamanca, y en los vagones de asientos huele a pies descalzos y comida prefabricada. Debido a su horario, la gente duerme, o al menos lo intenta, la mayor parte del viaje, buscando posiciones imposibles y levantándose a estirar las piernas o para respirar un poco de aire fresco o fumar un cigarro en las estaciones de Guarda o Coimbra, en las que se detiene unos minutos.

La llegada a Santa Apolonia, la vieja y decadente estación lisboeta es a las 7.30 h. (horario portugués) que a esas horas bulle tanto en su interior como en su exterior y huele a pan caliente y a los riquísimos pasteles (bolos) portugueses recién hechos.






Desembarcar en Lisboa, sea por tierra, mar o aire, es siempre una experiencia que se llena de expectativas y, para las que hemos viajado tanto allí, de nostalgias y saudades que buscas desesperadamente revivir en cada viaje.

Pero Lisboa ya no es la que era. El turismo masivo y la gentrificación la han ido transformando en un "parque de atracciones" lleno de propuestas para turistas que la han llevado a perder la mayor parte de su atractivo, su encanto y su personalidad. Si no fuera por algunos barrios que aún conservan el verdadero sabor de Lisboa -cada vez menos- la capital portuguesa podría ser cualquier ciudad turística del mundo invadida por hordas de turistas que, además de transformar el paisaje urbano, han influido en la vida de sus habitantes que han sido expulsados de su ciudad, de sus transportes o de sus servicios en pro del consumo burdo, masivo, compulsivo y absurdo de viajeros que necesitan sentirse rodeados de las mismas cosas que tienen en su lugar de origen en cualquier parte del mundo.

Han desaparecido los lugares propios, únicos e identificativos de cada lugar para convertirse en extensiones de franquicias idénticas y objetos prefabricados para el consumo y la diversión. hemos dejado de ser viajeros para convertirnos en seres que se teletransportan de un lugar a otro, corriendo por las calles sin interés ninguno por conocer la cultura, el arte, o las identidades particulares y propias de los lugares y la gente que visitamos.

Quizás por esto, los lisboetas, ya no son la gente amable, educada y hospitalaria que eran, se han vuelto toscos y con cierta dosis de amargura -perfectamente entendible- y la atención en tiendas, restaurantes o espacios culturales conlleva prisas, malos humores e intentos de aprovechar al máximo posible los beneficios de haber "vendido" su ciudad al consumismo indiscriminado.

Alojarse en la Alfama fue siempre uno de mis sueños, ese viejo barrio de pescadores, con casas desconchadas y cuna del fado, situado en las laderas del Castelo de San Jorge. Pero la Alfama, salvo ciertos pequeños reductos escondidos y protegidos, aún, de la invasión turística no es tampoco la misma y hay que escapar por calles todavía poco conocidas para evitar colas, comer decentemente y a buen precio o escuchar un poco de música en alguna vieja casa de fado a la que debes llamar a la puerta para poder entrar.





Así y todo, gracias a la saudade y a l@s amig@s con l@s que viajas, y que son l@s que aún te ayudan a hacer soportable este regreso y te llevan a buscar aquellos rincones que un día te hicieron feliz, aunque ya no sean los mismos, aunque cueste reconocerlos, todavía puedes intuir algo de lo que fueron y si escuchas atentamente parecen susurrarte en secreto que van a intentar mantener algo de su esencia, para el día en que la vieja Lisboa deje de ser una feria y vuelva a ser a Feira das ladras, el viejo Cais do Sodré, la Suiça (cerrada ya) en la Praça do Rossio y da Figueira, A Brasileira y la libería Bertrand en Chiado, las viejas casa de Fado en Alfama y Bairro Alto, los restaurantes indianos de Mouraria, o la belleza y la soledad de sus altos miradores cuando imponía asomarse a ellos para ver la preciosa Ciudad Blanca, al atardecer, llena de esplendor.







Una no debe volver al lugar en el que un día fue feliz pero es que quedan pocas islas ya para naufragar. Y sin embargo, aún albergo la esperanza de volver algún día a aquella Lisboa que amé y en la que viví algunos de los momentos más bonitos e intensos de mi vida.
La esperanza, eso que dicen que es lo último que se pierde.

05 junio, 2019

Vento o la vida salvaje


Para llegar a Vento, el hogar de las soledades de Joaquín Araújo, hay que viajar por el corazón de las Villuercas, estar atenta a los cruces, cruzar dos regatos esquivos y seguir el camino que pasa junto a la charca de los gansos y el huerto regado con un manantial de montaña.
Luego, sólo hay que bordear los frutales y a la puerta de la casa de piedra, fundida con el paisaje, ya te está esperando Ibor V, un mastín extremeño que en cuanto te bajas del coche mete su cabeza entre tus piernas reclamando caricias y mimos.




Luego, hay que ir entrando poco a poco en la vida de aquel paraíso, observar despacio y dejar que tu mirada se vaya acostumbrando despacio a la belleza que te rodea.

Sentarse debajo de los chopos que blanquean la hierba, acercarse al corral de las cabras y ayudar a los cabritos a alimentarse de las ubres cargadas de las madres, encerrar a las gallinas y recoger algunos huevos, conocer la biblioteca del bosque -posiblemente la biblioteca más aislada y solitaria del mundo- e instalarse en ella para dormir rodeada de libros, que se pasan la noche conversando entre sí, mientras tú te entretienes con sus historias hasta quedarte profundamente dormida, arrullada por los sonidos cercanos del bosque.


Para vivir en Vento, hay que levantarse al alba y caminar hasta el huerto en el que Joaquín lleva ya unas horas dando de beber a los surcos, resecos por este calor adelantado, con su doble sombrero de paja y fieltro, su azada en las manos y su oído atento al canto de los pájaros.

Luego, cuando el huerto ha bebido, hay que darle agua a la casa subiendo a uno de los manantiales en los que brota cristalina y pura, cambiar su curso y caminar de vuelta, entre el olor de la jara y la siempreviva, preparar café y tostadas y sentarse en una mesa con mantel verde -no podía ser de otra manera- detrás del ventanal, que requiere todas las miradas y por el que pasan aves, pájaros, culebras e insectos que Joaquín y Raúl Alcanduerca, como buenos naturalistas que son, nombran y cuentan, mientras tú, entre sorbo y sorbo de café, escuchas fascinada intentando apresar con toda tu alma ese paisaje y esas palabras, para poder guardarlos en los frasquitos de esencias de tu memoria.


Y hay que volver a las cabras y a las gallinas y a mover a las yeguas en el paisaje, para regresar al frescor de la cocina y preparar una buena caldereta de cabrito, plato nacional extremeño, con especias de huerto y sabores de infancia.
Si tienes suerte y un invitado llama a la puerta, seremos cuatro a compartir comida, vino portugués de  la oropéndola o el papafigos y una buena conversación que se prolongará hasta bien entrada la tarde.

Si tienes suerte, puedes elegir el camino del paseo al atardecer y hacerlo coincidir con el destino de una pequeña cabra que ha caído en una zanja y que sólo el azar -a veces maravilloso de la vida- puede salvar de una muerte segura.

Si tienes suerte, y allí todo parece predisponer a ello, verás a cientos de ranas chapotear felices en una charca del camino cuando ya esté anocheciendo y volverás a casa para ver el crepúsculo sentados en el jardín, mientras escuchas a Araújo recitar a Antonio Espina: "Aviso urgente a la guardia civil: el horizonte ha conquistado las últimas posiciones de la luz. Ya no queda casi tarde" y sentir entonces que estás en el sitio preciso, en el momento preciso y que nada mas necesitas, en esos instantes, que estar celebrando con dos amigos la belleza del lugar y de estar vivos.

La bóveda celeste en Vento es inmensa y luminosa, así que por la noche hay que tumbarse debajo de ella y conquistar el cielo a golpe de poemas, de palabras, de historias a media voz y de silencios. Cuesta trabajo meterse bajo otro cielo en esos momentos y así, prolongamos palabras y silencios hasta que el cuerpo aguanta y nos requiere el descanso para volver a levantarse al alba y volver a las cabras, al monte, al rumor del agua, al canto de los pájaros, al vuelo de las mariposas, al olor de las jaras, del cantueso y las siemprevivas, a los verdes prados, a los pedregales de piedras con formas de letras caprichosas, al azul del cielo y al afecto del corazón y los sentidos, antes de emprender el camino de regreso al lugar que un día escogiste para vivir, olvidando lo esencial, lo más íntimo de tu ser, ese lugar -jungla de piedras grises y asfalto- ensordecedor de ruidos innecesarios, de noches oscuras sin estrellas, de olores impostados y de exceso de palabras y deseos vacíos.


Y regresas -claro que regresas sin remedio- aunque escojas el camino largo, intentando prolongar así esa magia que se ha metido hasta lo más hondo de tu ser y de la que te niegas a desprenderte, porque sabes que en cuanto lo hagas volverán la nostalgia y la saudade del tiempo de lo auténtico, de lo que deseas cada día sin nombrarlo, de lo que fuiste una vez y acabó encerrado en el lugar más oscuro y lejano del desván de tu memoria.

Vento es ese lugar al que una siempre querrá volver. El lugar en el que es posible abandonarte sin miedos a lo mejor de ti misma, en el que vuelves a reencontrar a ese viejo "yo" olvidado, el sitio de tus paisajes de infancia, el paraíso perdido, el que da sentido a esta vida tantas veces cuestionada. Es el lugar de la memoria, del tiempo sin tiempo, de lo real y lo vívido.

23 marzo, 2019

Crónicas del autobús. El niño de la mirada brillante


Cada mañana sube al autobús con su padre. No tendrá más de 4 años, es pequeño como un gorrión y como éste tiene la viveza y la inquietud de la curiosidad permanente. 
Adora sentarse delante, casi al lado del conductor, y cuando el asiento está ocupado, demuestra su malestar y su disgusto en silencio, con un pequeño mohín triste y gris que apaga la luz con la que irrumpió al subir al bus.
Cuando soy yo la que ocupo ese asiento, se lo cedo enseguida con cualquier excusa, aunque él no la escucha mientras se apresura a acomodarse en el asiento que acabo de abandonar.
Durante todo el viaje, no pierde de vista al conductor. Observa cada uno de sus movimientos, sigue sus manos en las palancas y en el volante, mueve sus pies sobre unos pedales imaginarios al compás del que conduce, observa sus ojos en el retrovisor y yo podría jurar que si su pequeño cuerpo se estirara y pudiera abarcar todo ese cuadro de mandos, podría conducirnos él mismo hasta nuestros destinos.
Nunca he visto una mirada más brillante, más inteligente y más segura de su destino. Nunca he visto a un ser tan pequeño con tanta certeza de lo que quiere ser y hacer en la vida.
Me llena de ternura observarle y me alegra el alma cada día, cuando la ciudad se despereza lentamente y observo las caras somnolientas y resignadas de la gente que viaja conmigo en ese autobús.
Por eso, cada día, lo busco con mi mirada en su parada, y le cedo el asiento delantero. Porque su alegría y su pasión, borran de mi rostro el sueño, la resignación y el cansancio, y me permite volver a esos instantes, en los que el mundo es un papel en blanco, con todo por escribir.

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12 febrero, 2019

Nueve

fotografía: Léonard Misonne

EL DÍA DE TU SANTO
Jairo Aníbal Niño

El día de tu santo
te hicieron regalos muy valiosos:
un perfume extranjero, una sortija,
un lapicero de oro, unos patines,
unos tenis Nike y una bicicleta.
Yo solamente te pude traer,
En una caja antigua de color rapé,
un montón de semillas de naranjo,
de pino, de cedro, de araucaria,
de bellísima, de caobo y de amarillo.
Esas semillas son pacientes
y esperan su lugar y su tiempo.
Yo no tenía dinero para comprarte algo lujoso.
Yo simplemente quise regalarte un bosque.



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06 febrero, 2019

Ocho

Fotografía: Dmitry Baltermants

Cada día visitaba la casa.
Las palabras dispuestas,
la estancia en la penumbra
de las horas más cómplices,
ambos sentados en el corazón de la noche
desvelando al unísono
la dudosa frontera de la luz y la sombra.
Fuera, el verano encendía la isla.
Los ecos llegaban apagados y oscuros
como nos llega aquello que sabemos cercano
y, además, conocemos.
Leíamos de nuevo -renovando aquel rito-
la vida imaginada que enfrentábamos juntos,
la común experiencia: nuestros viejos deseos,
las lecturas amadas, los paisajes que fueron
nuestra propia mirada,
lo que perteneciéndonos era revés y causa,
el final y el principio.
Vivir era más fácil parecía sencillo.
Nos bastaba sentir nuestra voz encendida
y la muda presencia de las altas estrellas.
Al alba, de regreso, cada cual conservaba 
la secreta esperanza de iniciar nuevamente
el texto abandonado, el libro perseguido,
por siempre inalcanzable.

ÁLVARO VALVERDE
De "Una oculta razón" 1991

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31 enero, 2019

Siete

Fotografía: Andrew Kaiser

CONSUELO
(René Char)

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa
a dónde vaya en este tiempo roto. Ya no es mi amor:
el que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda: ¿quién en
verdad le amó?
Mi amor busca su semejanza en la promesa de las
miradas. El espacio que recorre es mi fidelidad. Dibuja
la esperanza y enseguida la desprecia. Prevalece sin
tomar parte en ello.
Vivo en el fondo de él como un resto de felicidad.
Sin saberlo él, mi soledad es su tesoro. Es el gran meridiano
donde se inscribe su vuelo, mi libertad lo vacía.
Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa
a dónde vaya en este tiempo roto. Ya no es mi
amor: el que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda:
¿quién en verdad le amó y le ilumina de lejos para que
no caiga.

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28 enero, 2019

Seis

Fotografía: Bernard Plossu

DICHA
(Daiana Henderson)

Sigo encontrando cierta dicha
en ir en bicicleta hasta tu casa.
Remar no se trata de llegar a la isla,
es disfrutar el trayecto
–dijo Ricardo cuando nos enseñó.
Cada desplazamiento tiene su clave sensitiva.
Bajo los cambios para subir.
Después,
apoyo el peso del cuerpo en los pedales
y me dejo caer en picada.
Se entretejen nudos en los pelos
cuando se ponen a flamear hacia atrás.
Las construcciones van perdiendo altura,
una estela de humo atraviesa el cielo,
dibujada con la punta de una fábrica.
Aterrizo en la entrada de tu casa. Las cosas
andan bastante mal ahí adentro
o en cualquier otro reducto
que tengamos que compartir.
Puedo aceptar que ya no nos queremos como antes,
pero si insisto, es porque la distancia
fabricada entre nosotros
es tan hermosa y delicada
como ningún otro trayecto
que conozca hasta ahora.
(Del libro “Un foquito en medio del campo”, Editorial Municipal de Rosario, 2013)

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27 enero, 2019

Tres

(Fotografía: Sally Mann)

DEBO MUCHO
(Wislawa Szymborska)

Debo mucho
a quienes no amo.

El alivio con que acepto
que son más queridos por otro.

La alegría de no ser yo
el lobo de sus ovejas.

Estoy en paz con ellos
y en libertad con ellos,
y eso el amor ni puede darlo
ni sabe tomarlo.

No los espero
en un ir y venir de la ventana a la puerta.
Paciente
casi como un reloj de sol
entiendo
lo que el amor no entiende;
perdono
lo que el amor jamás perdonaría.

Desde el encuentro hasta la carta
no pasa una eternidad,
sino simplemente unos días o semanas.

Los viajes con ellos siempre son un éxito,
los conciertos son escuchados,
las catedrales visitadas,
los paisajes nítidos.

Y cuando nos separan
lejanos países
son países
bien conocidos en los mapas.

Es gracias a ellos
que yo vivo en tres dimensiones,
en un espacio no-lírico y no-retórico,
con un horizonte real por lo móvil.

Ni siquiera imaginan
cuánto hay en sus manos vacías.

“No les debo nada”,
diría el amor
sobre este tema abierto.

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25 enero, 2019

Cinco

Fotografía: Herbert List

BALADA DE LO QUE NO VUELVE
(Vicente Huidobro)

Venía hacia mí por la sonrisa
Por el camino de su gracia
Y cambiaba las horas del día
El cielo de la noche se convertía en el cielo del amanecer
El mar era un árbol frondoso lleno de pájaros
Las flores daban campanadas de alegría
Y mi corazón se ponía a perfumar de alegría.
Van andando los días a lo largo del año
En dónde estás?
Me crece la mirada
Se me alargan las manos
En vano la soledad abre sus puertas
Y el silencio se llena de tus pasos de antaño
Me crece el corazón
Se me alargan los ojos
Y quisiera pedir otros ojos
Para ponerlos allí donde terminan los míos
¿En dónde estás ahora?
¿Qué sitio del mundo se está haciendo tibio con tu presencia?
Me crece el corazón como una esponja
O como esos corales que van a formar islas
Es inútil mirar los astros
O interrogar las piedras encanecidas
Es inútil mirar ese árbol que te dijo adiós el último
Y te saludará el primero a tu regreso
Eres sustancia de lejanía
Y no hay remedio
Andan los días en tu busca
A qué seguir por todas partes la huella de sus pasos
El tiempo canta dulcemente
Mientras la herida cierra los párpados para dormirse
Me crece el corazón
Hasta romper sus horizontes
Hasta saltar por encima de los árboles
Y estrellarse en el cielo
La noche sabe qué corazón tiene más amargura
Sigo las flores y me pierdo en el tiempo
De soledad en soledad
Sigo las olas y me pierdo en la noche
De soledad en soledad
Tú has escondido la luz en alguna parte
¿En dónde?
¿En dónde?
Andan los días en tu busca
Los días llagados coronados de espinas
Se caen se levantan
Y van goteando sangre
Te buscan los caminos de la tierra
De soledad en soledad
Me crece terriblemente el corazón
Nada vuelve
Todo es otra cosa
Nada vuelve nada vuelve
Se van las flores y las hierbas
El perfume apenas llega como una campanada de otra provincia

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22 enero, 2019

Dos

Fotografía: Aiman Nassar


Un arte
(Elizabeth Bishop)

El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar. 
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

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19 enero, 2019

Diez

Fotografía: Piergiorgio Branzi 

EPITAFIO
Juan Gelman

Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

(Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín).

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17 enero, 2019

Uno

Cuanto puedas

(Constantino Kavafis)

Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
en contacto excesivo con el mundo,
con una excesiva frivolidad.

No la envilezcas
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de la estupidez cotidiana,
y al cabo te resulte un huésped inoportuno.




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16 enero, 2019

Cuatro

Fotografía: Marcin Ryczek


MAYO
(Kirmen Uribe)

Déjame mirarte a los ojos.
Quiero saber cómo estás.
Rainer W. Fassbinder

Mira, ha entrado mayo,
Ha extendido su párpado azul sobre el puerto.
Ven, hace tiempo que no sé de ti,
Se te ve tembloroso, como esos gatitos que ahogamos siendo niños.
Ven, y hablaremos de las cosas de siempre,
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglárselas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro.
Ven, siente en tu rostro la mañana,
Cuando estamos tristes, todo nos parece oscuro;
Cuando estamos fuertes, el mundo se desmigaja.
Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas,
Sea un secreto, un error o un gesto.
Ven y pondremos verdes a los vencedores,
Saltaremos desde el puente riéndonos de nosotros mismos.
Contemplaremos en silencio las grúas del puerto,
Porque estar juntos en silencio es
La mejor prueba de la amistad.
Vente conmigo, quiero cambiar de país,
Dejar este cuerpo mío a un lado
Y meterme contigo en una concha,
Con nuestra pequeñez, como los bígaros.
Ven, te espero,
Continuaremos la historia interrumpida hace un año,
Como si no tuvieran un círculo más
los abedules blancos de la ribera.

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23 noviembre, 2017

Tiempo de sombras alargadas

© Cynthia Decker Digital Art 
Tardes-noche de noviembre.
El tiempo pasa deprisa. Se consumen los días, las semanas, los meses y los años. Los cambios en nosotros son imperceptibles, sólo a largo plazo vemos su magnitud, los daños del tiempo, las largas cicatrices de las heridas, que parecieron sólo rasguños en su día.
Empiezan a agotarse plazos y el futuro se acerca en el horizonte a una velocidad de vértigo.
Desaparecen muchos de aquellos que te acompañaban en el camino. Parecía que siempre iban a estar ahí, pero de repente, un día, miras a tu alrededor y ya no están, se han ido. ¿En qué momento fue? ¿Dónde mirabas tú en ese instante?
Desaparecen ritos y costumbres, la pequeña tienda del barrio ahora cerrada, el bar de la esquina se traspasa. La ciudad y su paisaje se transforman, poco a poco como nosotros, solo a largo plazo descubrimos cuánto ha cambiado y nosotros sin notarlo mientras recorremos las viejas calles cada día.
Pasa la vida, cada vez más deprisa, más traicionera, a veces da hasta miedo hacer ya planes, emprender proyectos
Da miedo el tiempo, tan veloz, tan implacable. Lo que no va ser ya, lo que no vuelve, lo que nos espera. Es tiempo de sombras alargadas.



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08 noviembre, 2017

Del tiempo y las cosas



Somos viajeros incansables.

Viajamos para descubrir paisajes, monumentos, costumbres, lugares, lecturas... Viajamos para, también, conocernos a nosotros mismos.

Y en estos viajes descubrimos sensaciones, miradas, emociones, las distintas tonalidades de la luz, los horizontes, los colores que nos acompañan en el trayecto, las músicas que ponen la banda sonora a nuestras vidas. Conocemos gente, palabras, expresiones, sabores y olores y objetos, pequeñas cosas que incorporamos a nuestra memoria y que van a formar parte, ya para siempre, de nuestras vidas. Todas estas cosas van configurar nuestro equipaje. Un equipaje que se va haciendo cada vez más grande, a veces más pesado, a veces más liviano a medida que descargamos todo aquello que fuimos recogiendo, cuando llegamos a ser conscientes de la inutilidad de tantas cosas.

Sin embargo, hay cosas que permanecen siempre. Objetos, olores, lugares y personas que asociamos a un momento concreto a un paisaje en el que algún día fuimos felices.

¿Somos lo que recordamos o recordamos gracias a lo que hemos llegado a ser?. La memoria es frágil y el olvido caprichoso y selectivo pero, en este ir y devenir, las emociones asociadas a ciertos momentos, a ciertos objetos, ciertos recuerdos arraigan en nosotros para siempre configurando nuestra forma de ser y estar en el mundo.

El tiempo y las cosas es un paseo por nuestras propias huellas. Como si volviéramos a poner las pisadas en ese lugar exacto en el que un día marcamos nuestro camino. Un paseo por las pequeñas cosas que nos dejaron otros tiempos y que nos permiten reconstruir nuestro pasado, un pasado que no fue ni mejor ni peor pero que fue nuestro y por tanto único y muy personal.

Un mismo objeto evoca en cada uno de nosotros sensaciones y emociones diferentes porque van asociados a personas, experiencias y paisajes distintos y no es fácil explicarle a los otros porque ese juguete de hojalata, ese libro desvencijado de hojas amarillentas, esa maleta de cartón, ese sonajero de madera, o esa pequeña caja de madera llena de hilos de colores, despiertan en nosotros al niño, la niña que fuimos, a la joven enamorada, al hombre confundido. Porqué esa vieja hamaca nos trae las siestas de veranos indolentes, el pupitre y el olor a goma de borrar vuelve a transportarnos al tiempo de las risas y las complicidades escolares.

A veces, la mayor parte de las veces las palabras no permiten definir ese recuerdo. Necesitamos tocar las cosas, percibir su tacto, aspirar su olor desvaído, para poder situarlas en el tiempo, para convocar la memoria. El silencio es, entonces, nuestro mayo aliado. No hay nada que explicar porque lo vivido es inexplicable e incomprensible y porque los recuerdos individuales no permiten ser compartidos sin pasar por el tamiz de los otros y sus propias experiencias.

Uno viaja incansablemente. Desde su sillón o su casa, desde las viejas calles que acogieron nuestros juegos, desde las plazas donde nos besaron por primera vez, desde su memoria y su recuerdo hacia un presente –a veces más incierto que el futuro- Uno viaja por su cocina y encuentra la vieja lata de galletas de su abuela, o por los estantes de su salón -en los que se acumulan viejas fotografías, que nos observan misteriosamente- repletos de cajas de música, un viejo soldado de plomo, un objeto de cerámica con algunas cicatrices. Una antigua lámpara ilumina quizás nuestra lectura, como iluminó las de otros que nos precedieron en el arte de leer. Una vieja silla guarda secretos de cuentos y leyendas frente a la lumbre. Una vieja llave nos conduce a puertas misteriosas siempre cerradas en un tiempo para nosotros y que os permitían imaginar las historias que escondían y los secretos que guardaban. Uno sube a los polvorientos desvanes y abre viejos baúles con olor a naftalina en los que se amontonan, cuidadosamente envueltos en papeles de periódicos sepia, las deliciosas sábanas de hilo bordadas de una abuela o de aquella tía que guardó amor eterno a un amor imposible.

Cuando las personas desparecen quedan entonces sus huellas en forma de estos objetos y podemos así revivir recuerdos, recordar conversaciones, gestos, palabras: “aquí dijiste…”

Este es un recorrido por el paso del tiempo y las cosas que nos han ido acompañando en nuestra vida. Un recorrido contra el olvido y a favor de la memoria, por lo que fuimos y somos. Por lo que seremos gracias a nuestra capacidad de conocer el olvido y su capacidad devastadora. Recordamos para construir nuestro refugio, un lugar en el que sentirnos seguros a salvo de las inclemencias cotidianas y cada objeto que nos acompaña, en este recuerdo incansable, se convierte en un amuleto contra el desarraigo y la soledad.

Isabel Sánchez Fernández
Prólogo para el Catálogo de la exposición "El tiempo y las cosas", realizada en la Plaza Mayor de Salamanca con motivo de la 25 Feria Municipal del Libro Antiguo y de Ocasión. Octubre-noviembre, 2017

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19 octubre, 2017

El viaje

Desde la infinita pena, desde la enorme tristeza, desde el corazón roto y el alma apretada, desde la decepción, la desilusión, la inmensa soledad... Este poema de Mary Olivier.


El viaje

Un día por fin supiste
lo que tenías que hacer, y lo empezaste,
aunque a tu alrededor algunas voces
insistían en gritar
malos consejos…
aunque toda la casa
se puso a temblar
y sentiste el viejo tirón
en los tobillos.
“¡Arréglame la vida!”,
gritaba cada una de las voces.
Pero no te detuviste.
Sabías lo que tenías que hacer,
aunque el viento husmeara
con sus dedos rígidos
hasta en los cimientos,
aunque su melancolía
fuese tremenda.
Ya era bastante tarde
y era una noche espantosa
y la carretera estaba llena
de ramas y piedras caídas.
Pero poco a poco,
a medida que dejabas atrás sus voces,
las estrellas comenzaron a arder
a través de las láminas de nubes,
y se oyó una voz nueva
que lentamente
reconociste como tuya,
que te hacía compañía
mientras a zancadas
penetrabas cada vez más en el mundo,
con la decisión de hacer
lo único que podías hacer…
la decisión de salvar
la única vida que podías salvar.


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08 junio, 2017

Autorretrato

Porque el poeta y prosista polaco Adam Zagajewski ha sido distinguido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017 y yo vivo con este autorretrato a cuestas...



Autorretrato

Entre ordenador, lápiz y máquina de escribir
se me pasa la mitad del día. Algún día se convertirá en medio siglo.
Vivo en ciudades ajenas y a veces converso
con gente ajena sobre cosas que me son ajenas. 
Escucho mucha música: Bach, Mahler, Chopin, Shostakovich.
En la música encuentro la fuerza, la debilidad y el dolor, los tres elementos.
El cuarto no tiene nombre.
Leo a poetas vivos y muertos, aprendo de ellos
tenacidad, fe y orgullo. Intento comprender
a los grandes filósofos -la mayoría de las veces consigo
captar tan sólo jirones de sus valiosos pensamientos.
Me gusta dar largos paseos por las calles de París
y mirar a mis prójimos, animados por la envidia,
la ira o el deseo; observar la moneda de plata
que pasa de mano en mano y lentamente pierde
su forma redonda (se borra el perfil del emperador).
A mi lado crecen árboles que no expresan nada,
salvo su verde perfección indiferente.
Aves negras caminan por los campos
siempre esperando algo, pacientes como viudas españolas.
Ya no soy joven, mas sigue habiendo gente mayor que yo.
Me gusta el sueño profundo, cuando no estoy,
y correr en bici por caminos rurales, cuando álamos y casas
se difuminan como nubes con el buen tiempo.
A veces me dicen algo los cuadros en los museos
y la ironía se esfuma de repente.
Me encanta contemplar el rostro de mi mujer.
Cada semana, el domingo, llamo a mi padre.
Cada dos semanas me reúno con mis amigos,
de esta forma seguimos siendo fieles.
Mi país se liberó de un mal. Quisiera
que le siguiera aún otra liberación.
¿Puedo aportar algo para ello? No lo sé.
No soy hijo de la mar,
como escribió sobre sí mismo Antonio Machado,
sino del aire, la menta y el violonchelo,
y no todos los caminos del alto mundo
se cruzan con los senderos de la vida que, de momento,
a mí me pertenece.

Versión de Elzbieta Bortkiewicz

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31 mayo, 2017


Alguna vez recuerdo ciertas noches de junio, cuando el mes amanecía espléndido entre montañas, viejos dinosaurios azules tendidos al sol inmenso de los ya largos días de pájaros y noches de luna llena.
Alguna vez recuerdo una casa sobre un río que acompañaba las noches estrelladas con su música de siglos y su fluir acompasado y monótono.
Recuerdo también, en aquellos días, el paseo hasta una fuente inundado de olores y colores que iban y venían del monte hasta mis manos.
Y las flores siemprevivas sobre el viejo hule de cuadros desvaídos. Y las contraventanas azules entreabiertas por las que entraba el frío de la mañana hasta que el sol inundaba de luz y calor los campos y los huertos.
Eran pocos días -tan intensos- en los que el mundo parecía detenerse y la muerte se alejaba prometiéndote la vida eterna y el amor eterno.
Recuerdo las calles empedradas y la vieja tasca ruidosa en la que servían vino áspero y amargo como las lágrimas que resbalaban frecuentemente hasta mis labios. Recuerdo también el sabor de aquellas lágrimas llenas de emociones encontradas, que iban del dolor a la alegría cayendo, gota a gota, por el pequeño puente sobre el regato que cruzaba las calles de aquel pueblo blanco y bullicioso.
Los altares de flores en la plaza, dos sillas vulgares bajo un rosal,  que se convertían en pequeños tronos para el amor bajo la oscuridad de la noche, apenas iluminada por la luna y por estrellas fugaces, pequeñas estrellas que contábamos al recogerlas con nuestras manos entrelazadas incapaces de sujetar toda la fuerza de nuestro corazón, que se escapaba entre los dedos.
Recuerdo bien ciertas noches, ciertos días de junio. El instante del regreso al paraíso y luego la partida, con las manos al viento, intentando sujetar las horas, con el corazón en la garganta a punto de salirse a borbotones por la estrecha carretera y derramarse sobre las vides que nos acompañaban en el camino de la huida.


Noches del mes de junio
(Jaime Gil de Biedma)



Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.


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26 mayo, 2017

Todo puede ser poesía

 Vassilis Tangoulis

"Todo puede ser poético: una voz incomprensible en el cuarto de al lado, su silencio repentino, el ruido de un motor, la gota de agua de un grifo, un montón de cachivaches, un árbo, que se mece, el reflejo de la luz en un cacharro de cristal, unos tejados húmedos, una huida en la calle, un adorno incomprensible, una figura con un largo abrigo negro, un movimiento de cabeza, un cordón de teléfono, un montón de cubiertas de automóvil, una tubería de conducción, cualquier impresión de la naturaleza, cualquier objeto de nuestro uso diario"
D. Wellershoff (1976)


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18 enero, 2017

Fotografía: Morello Pietro 


ACEPTACIÓN
F. Brines

Saliste a la terraza
pensando que la brisa de la noche
podría devolverte al que eres siempre.
Mas la tibieza que en tu cuarto había
era un ámbito ,allí, bajo la calma
de alejadas estrellas.
Olvidar pretendías unas horas
todavía recientes, la penumbra
que acercaba el latido de los dos,
y tus palabras qué serenas eran
como si a nadie las dijeses. Viste
la emoción de su rostro, su contorno
quemarse de belleza;
y esas mismas palabras te llenaban
de dolor y de sombra.
De nada te sirvió, cuando quedaste
solo, cegar la luz,
hacer brotar desde un rincón la música,
fortalecer tu fe con su joven pureza.
Sobre tu frente se rompían olas
gigantes: el calor
detenido del día,
el naufragio de un hombre que entregaba
la pasión de su vida en el espectro
doliente de la música (aún
como si la esperanza le alentase),
y te ardía el espíritu
porque sentías declinar tu vida.
Para ser el que fuiste
sales a la terraza, para ver
si un frío súbito derriba pronto
la plenitud del corazón. Tocas
el aire oscuro con los labios, oyes
los gritos fatigados de la calle,
la luminosa altura te estremece.
El tiempo va pasando, no retorna
nada de lo vivido;
el dolor, la alegría, se confunden
con la débil memoria,
después en el olvido son cegados.
y al dolor agradeces
que se desborde de tu frágil pecho
la firme aceptación de la existencia.



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17 enero, 2017

Mi último amor



"Mi último amor’
Mi último amor, bien pudiera ser,
me ha dejado (a tal altura),
difícil de conquistar
y fácil de defender.


Gloria Fuertes
(En ‘Historia de Gloria’, Editorial Cátedra)

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17 octubre, 2016

Jara II

Y te fuiste, sí, te fuiste.
Dejando tras de ti un rastro de dolor, tristeza, nostalgia, recuerdos.
Te fuiste silenciosa, sin apenas hacer ruido -cuánto te consolará esto- me dicen. No me consuela, no. Porque lo único que me consolaría ahora sería poder abrazarte y acariciarte de nuevo. Poder dar un largo paseo contigo o bañarnos juntas en el mar.
Ahora no me consuela nada. Ni siquiera las cosas que antes me gustaban. No me consuela nada porque no estás ahí, a mi lado, tumbada en tu colchón mientras leo, escribo o escucho música, porque nadie viene a recibirme a la puerta de la casa, cada día, como si volviera de una ausencia de meses, porque cuando salgo a la calle miro a mi lado y no estás y el río se me antoja feo y gris, y este año no vas a poder perseguir a las hojas de otoño arrastradas por el viento.
Las calles me duelen porque las he pisado cada día, durante años, contigo.
Me duele aquella esquina, ese banco, la fuente del parque, la terraza a la que tanto te gustaba ir.
Me duele el vacío que ha dejado tu cama, la casa sin tus huellas, ver tus cuencos vacíos, la ausencia del ruido de tus pisadas.
Me duelen las rodillas en las que apoyabas tu cabeza para decirme -aquí estoy, y estoy contigo- la mano que ya no puede sentir el tacto de tu pelo, los labios que no pueden llenarte de besos hasta que, cansada de tantos mimos, me apartabas dulcemente con tu pata.
Y ahora me duele también saberte debajo de un montón de tierra mojada por la lluvia de hoy, que también te llora a chorros, como yo te lloro.

P.d. He plantado una jara para ti y para mí sobre tu tumba, pequeña. No tengas miedo.



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12 octubre, 2016

Jara I


Duermes a mi lado. Estás enferma y viejecita. Luchas por tu vida y yo te ayudo, con todo lo que tengo para que consigas salir victoriosa. Sé que no sufres porque estás tranquila. Yo leo, escribo, escucho mi música favorita y de vez en cuando te miro o me acerco a tu cama para abrazarte y acariciarte.
Después de todo lo sufrido estos meses, son unas horas tranquilas. Aprendo a serenarme, a resignarme ante el tiempo y sus destrozos, me preparo para tu ausencia sin prepararme, esperando una luz al final del túnel, un rayo de sol, un destello de esperanza.


Miro tu cuerpo maltratado por la ciencia, la que pretende alargar tu vida de una forma soportable y digna. Miro tu cuerpo y lo recuerdo trotando por la playa, nadando tras la pelota en la piscina, corriendo por la casa mientras haces alguna travesura y yo te persigo divertida.


Miro tu cuerpo de 14 años. La edad joven de los seres humanos, una edad demasiado avanzada para un ser perruno y recuerdo los paseos contigo. Esos paseos silenciosos, serenos, tú a lo tuyo y yo a lo mío. No hay nada mejor que pasear con un perro, nos permite mirar, admirar, descubrir, pensar. Pasear como si fueras sola pero acompañada por alguien a quien respetas y quieres. Sin  necesidad de conversaciones inútiles, ni de gestos vacíos, sin sentimientos de frustración o de miedo, sin dudas, sin miramientos, ni contemplaciones. Los paseos contigo, Jara, han sido los mejores paseos de mis 14 años contigo.

Miro tu rostro, apenas ha cambiado, un poco más blanco quizás, pero con esa expresión dulce y tierna que siempre has tenido. 

Miro tus ojos, ahora más tristes, decaídos y opacos. Recuerdo que te he visto sonreír con ellos, a tu manera, sostener una mirada picaresca cuando cometías una travesura, o dejar traslucir un gesto culpable cuando la liabas. Tus ojos me han dicho muchas veces que me querías un montón, que estarías siempre a mi lado, que nunca me abandonarías, que me cuidarías y me protegerías...

Jara, mi amiga perruna, mi compañera fiel y cariñosa. Estamos viviendo la última etapa de tu vida y yo estoy aprendiendo a despedirme un poco de ti cada día. Me he despedido muchas veces de ti en estos últimos meses: cuando no quieres comer, cuando no quieres moverte, cuando te dejo ingresada en el veterinario y el día se me hace eterno sin ti, cuando te metieron en julio en el quirófano y tenía miedo de no volver a verte. Ya ves Jarita, me he despedido muchas veces de ti con la esperanza de volver a verte siempre. Qué despedidas tan inútiles...

Mientras que llega el día doloroso y triste, seguiré sentándome a leer, escribir o a escuchar música a tu lado, contigo a mis pies, tumbada en tu colchón. Y te miraré y te abrazaré y te acariciaré y te diré con mis ojos y mis palabras lo mucho que te quiero y la pena tan grande que tengo de que te vayas de mi lado. Pero eso tú ya lo sabes. Yo lo he sabido siempre.







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21 abril, 2016

La medida de las cosas



Una se muere muchas veces. Tantas que a veces pierde la cuenta y cuando se vuelve a morir ya no sabe si va por la cien o la doscientas.

Y una renace tantas otras y vuelve a mirar un paisaje como si lo viera por primera vez o a escuchar una música como si nunca la hubiera escuchado o a disfrutar de un olor o de un sabor como si su olfato y su paladar fueran nuevecitos a estrenar.

Y entonces nos acostumbramos. A morir y a renacer, a hundirnos y a volar y empezamos a percibir que las dos cosas van unidas y que después de una tormenta sale el sol y detrás del invierno gris llega la primavera con su luz y sus colores brillantes.

Y cuando te acostumbras, la muerte duele menos y las alegrías son más serenas y menos definitivas y es también cuando aprendes que no hay amores eternos, que no hay amigos eternos, que no hay dolor ni sufrimiento eterno.

Y este aprender da un poco de pena porque dejas de sorprenderte y de entregarte por completo y le empiezas a conceder a las cosas su justa medida y enfrías las pasiones y pones las emociones en cuarentena porque sabes que no van a durar mucho y que, de un día para otro, pueden cambiar y ser otras emociones distintas.

Y a veces piensas que esto era hacerse mayor. Que cuando observabas la templanza de tu abuela o de tu madre, no es que ellas hubieran sido así siempre sino que un día se dieron cuenta de que morían muchas veces y volvían a renacer otras tantas y entonces se hicieron más sabias, más tranquilas y empezaron a conocer la medida de las cosas.

Yo ahora se lo digo a mis hijos, esto de la muerte y el renacer y lo de la templanza, pero ellos no me hacen caso porque todavía no es su tiempo y porque el día que ellos entiendan estas cosas será porque yo ya no estaré, o seré una abuelita templada y apacible a la que sus nietos mirarán diciendo algo así como -¡qué suerte ser así y no sufrir!-

Hace poco observé mucho rato a mi madre mientras leía en su sillón y pensé, por primera vez, en qué cumbres habría subido, que puentes habría cruzado, en cuántos abismos habría caído y cuantas emociones y sentimientos habría tenido, antes de ser la mujer serena a la que yo admiro y quiero parecerme.

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19 enero, 2016

Partida de ajedrez



Yacen tus figuras abatidas, en un tablero de ajedrez.

Los peones, los alfiles, los caballos, las altas torres de las almenas fueron, finalmente, incapaces de resistir el incansable embite del contrario. Sus piezas tampoco han salido indemnes del combate. 

Es un campo desolado el que ante ti se muestra.

Has soportado muchos jaques. Has avanzado, huido y retrocedido muchas veces. En ocasiones sentiste muy cerca la victoria -dos jugadas más y el rey ya es mío- pero había siempre una sorpresa, un movimiento inesperado, una jugada traicionera, que volvían a reiniciar la lucha y su suspense.

La partida dura ya demasiado. El cansancio empieza a hacer mella entre nosotros y la inercia -mueve y pierde, pierde y mueve- de no esperar victoria alguna ni derrota.

Cada vez más a menudo, te invaden los deseos de levantarte de la mesa, y con un golpe brusco derribar las fichas y el tablero. Mandarlo todo al olvido, tirar todo por tierra: el tiempo, la pasión, el amor, la entrega. El cuidado exquisito en cada movimiento, los halagos, los rescates, la paciencia, las largas horas en acecho y la confianza inútil de unas huellas. 

Empiezan a pesar como una losa todas las jugadas conocidas, los cuadros blancos y negros del tablero, el reloj que no cesa, y el lugar se ha convertido en un espacio claustrofóbico y sin salida. 
Ni un rayo de luz, ni un poco de aire fresco. Todo aquí está viciado, sombrío y solitario. 

Sólo una palabra, un movimiento rápido, un gesto, un impulso necesario y el valor suficiente para abandonar al rey a su destino.


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10 enero, 2016

Invierno 2016

Fotografía: Bill Brandt

2016 no parece un año sino una cifra, o un número de lotería o de la ONCE. Se me hace extraño decir: "estamos en 2016" o "en este 2016". Pero sí, acabamos de comenzar 2016 y hay días que el tiempo se nos echa encima como una losa, como un pesado fardo que tenemos que arrastrar, cada vez más lleno. 
Apagadas las bombillas navideñas la gente, y el tiempo, han vuelto a su estado natural. Así que es invierno, sin luces ni adornos, invierno gris, lluvioso, de días oscuros y cortos y noches largas y oscuras.
Creo que la Navidad, aparte de muchas otras cosas, es la puerta iluminada con la que se nos engatusa para entrar en el invierno, igual que para entrar en el nuevo año es imprescindible hacer promesas de cambios que nunca cumpliremos. 
Yo este año no me he propuesto nada -para qué- sólo intentar ser feliz con las pequeñas cosas. Esas que pasan desapercibidas o están escondidas en cualquiera de las horas del día. A saber: una lectura, una buena película, un paseo, el cambio de los colores en la naturaleza, un poema, una canción, una buena charla y algunas risas con gente querida. Algún que otro viaje, un poco de mar, un encuentro inesperado o esperado, algunos abrazos, un poco de ternura, y que todo siga suavemente, sin sobresaltos ni golpes duros.

Pocas cosas, al fin y al cabo, pequeñas cosas que nos recuerdan que lo que verdaderamente importa está en lo cotidiano que, cuando nos falta, adquiere las dimensiones de su verdadero valor.
Pero bien sé yo que mi alma inquieta buscará abismos y profundidades, y escaladas difíciles y vuelos sin motor, así que vamos allá.



Me dices que es absurdo el universo,
que la vida carece de sentido.
Pero no es un sentido lo que busco,
cualquier explicación o una promesa,
sino el estar aquí y a la deriva:
una simple botella que en la playa
aguarda la marea.
Sí, la palabra justa es abandono:
una dulce renuncia que me nombra
señor y dueño al fin de mi camino.
Queden hoy para otros
los afanes del mundo, y que mi mundo sea
la magia de esta casa
tomada en su quietud por la penumbra,
saber que nadie llegará
a interrumpir mi tarde,
que no habrá sobresaltos,
ni voces, ni horas fijas,
porque ahora es tan sólo transcurrir
mi gran tarea.

(Vicente Gallego)


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