25 octubre, 2011

Conversación privada


Esta es la sensación que he tenido al cerrar el libro de Julián Rodríguez, "Santos que yo te pinte", publicado por errata naturae en su colección"La mujer cíclope". La de haber mantenido una conversación privada, o mejor una atenta escucha privada, con su autor, a través de un breve texto -54 páginas- en el que el director de la Editorial Periférica, hace un monólogo íntimo y confidencial sobre una relación amorosa.

El título me resultó inquietante hasta conocer que era una canción de Los Planetas: "Santos que yo te pinte, demonios se tienen que volver".
La  cita de Bufalino, con la que se abre el monólogo resume bien lo que vamos a encontrar en él:
Y él no era un solo hombre, sino muchos. Y muchas eran las voces que lo poseían, que hablaban por él, a través e él, mientras que aquel hombre, el hombre verdadero, seguía solo y mudo
Y así, como si se tratara de una conversación privada, de un monólogo susurrado apenas a nuestros oídos, vamos devorando las palabras que escuchamos. Un hombre habla, y las palabras brotan a trompicones de sus labios. Buscamos entre líneas lo que no dice, como en cualquier conversación en la que el amor es el tema principal. También el desamor, el desencuentro, la imposibilidad de entenderse con palabras, el desgaste del tiempo. A veces parecemos uno y somos siempre dos, nos dice el hombre que nos susurra al oído la historia de una pasión amorosa.
Me acuerdo del poema de Ángel González, sobre la inutilidad de todas las palabras, sobre la dificultad de entenderse a pesar de utilizar una lengua común, sobre la imposibilidad de encontrar lenguajes comunes.
Me acuerdo de Mario Merlino y sus traducciones literarias. Buscando las palabras precisas, para definir los sentimientos exactos.
Me bebo el libro de un sorbo y luego tengo que volver sobre él, para descifrar los rastros que ha ido dejando su lectura.
Es entonces cuando descubro el ritmo, el crescendo mas non troppo de esta conversación. 
Por eso tuve que decidirme a explicarlo todo. O a intentar explicármelo, al menos, a mí mismo. Empezar por el principio en primera persona. No éramos el uno para el otro. No éramos nadie, ni dos cuerpos siquiera (...) sé en qué piensa, qué la trastorna, pero no hago nada, no puedo hacer nada, no hay remedio para ella ni para mí ni para nosotros, aunque fuéramos más que dos cuerpos
Cierro el libro de nuevo y me pongo a pensar despacio en todo lo que este corto e intenso monólogo, de apenas 54 paginas, me ha sugerido...


¿Cómo era eso de la mejor esencia en frascos pequeños?

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4 Comments:

At 3:02 p. m., Blogger lavelablanca said...

Y él no era un solo hombre, sino muchos. Tal vez, también, no seamos una sola vida, sino varias.

Un abrazo, Isabel.

 
At 4:16 p. m., Blogger Isabel said...

Tal vez, Ignacio, tal vez, quién sabe, vaya usted a saber...Viviremos la que nos toque cada día como si fuera la única, la última :-)
Otro abrazo

 
At 10:30 a. m., Anonymous Anónimo said...

Yo también tuve esa impresión de esencia en frasco pequeño, con este libro. ¿has leído Tríptico? Mismo autor, misma editorial, misma colección.
Enhorabuena por tu blog. Es todo un descubrimiento de sugerencias.
Fdo. Luis

 
At 11:22 a. m., Blogger Isabel said...

Gracias por tu comentario tan amable, Luis.
Lo que son las coincidencias... Ahora mismo sobre mi mesa, me espera Tríptico. Tengo ganas de empezarlo.
Un saludo

 

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