14 septiembre, 2006

Volver


Aterrizo poco a poco, como si descendiera en globo, despacito, suavemente.
Mientras desciendo, intento reconocer los paisajes de siempre, los lugares de siempre.
La lluvia ayuda a olvidar el verano.

El viaje por Francia, con parada en el Valle del Loira y París.

La breve parada en Namur (Bélgica), guiada por la añoranza de aquellos meses en los que vivi en Louvain la Neuve y en las Ardennes. El paseo silencioso por la vieja ciudad bajo una lluvia suave y persistente, el olor a los gaufres que inundaba las calles, el gesto adusto de los belgas que parecen vivir dentro de sí mismos y que no se conceden la mínima posibilidad de hacernos suponer que también disfrutan de la vida.

Cruzar Aquisgrán bajo un cielo negro y amenanazante, y entrar en Alemania con una de las mayores tormentas que jamás he vivido, atravesando inmensas autopistas de velocidades de vértigo.

Llegar a Düsseldorf, bajo una tupida cortina de agua, ya de noche y alojarnos en la Merovingerstrasse, en una casa con olor a curry - el olor de Alemania para mi- y a especias de otros países más cálidos.

Días en Essen -gracias Ellen, gracias Karl-, paseos por las orillas del poderoso y turbulento Rhin, la visita -obligada- a Köln, con su catedral imponente y majestuosa, fruto de un trabajo larguísimo de siglos, y sus calles abarrotadas de turistas de todas las nacionalidades, cámara al hombro, intentando retener en unas instantáneas un viaje que será pronto olvidado - de los viajes sólo acabamos recordando ciertos instantes, pequeños momentos, un rincón, el gesto de una persona, los olores...los olores... y ciertas sensaciones interiores que consiguieron transformar algunas de nuestras miradas...-

Ciudades industrializadas impersonales de la cuenca del Ruhr. Gente, a veces excesivamente duras y rígidas, intentando mantener un orden y una disciplina difíciles de seguir para mi. Inmensos rascacielos de cristal y acero, ausencia, casi, de viejas edificaciones que me hubieran contado mucho más de lo que fue este pueblo antes de que una guerra absurda y cruel -como todas las guerras- se llevara parte de su pasado para siempre.

Una escapada a Koblenz, punto de encuentro entre el Mosela y el Rhin, debajo de paraguas y gabardinas, ciudad musical, sede de importantes festivales.

Un breve viaje por Holanda con parada en Amsterdam, tan cálida, tan cercana, tan alegre, tan libre, tan predispuesta a la amabilidad y a la sonrisa... tan bella, tan increiblemente bella.
Me sentí muy a gusto en Amsterdam. Compré flores y bulbos de tulipanes, busqué, inutilmente, por toda la ciudad, un lugar donde adquirir sellos para enviar postales a mis amigos/as, vieja costumbre en deshuso a la que han sustituido SMS o fotografías enviadas a través de móviles.
Me dejé llevar por su alegría contagiosa, por la música en cada esquina, por los pequeños cafés a las orillas de los canales. Tengo que volver. Tengo que volver...

Y poco a poco el regreso.

De nuevo Bélgica. Otra vez Francia. La preciosa Donosti-San Sebastián y descendiendo, en mi globo imaginario, las amarillas llanuras castellanas, horizontes lejanos de encendidas puestas de sol.

El mundo se hace pequeño dentro de este despacho. Rodeada de libros (el único lugar de la casa donde se puede estar tranquilo- dijo Cortázar), con las presiones diarias del trabajo, la vuelta a las rutinas, la mirada recogida, las manos sobre un teclado sin música, el barullo de cada mañana, los atascos, la impaciencia.
Mi cuerpo se somete enseguida, pero mi espíritu sueña con escapar de nuevo, se prepara -aún sabiendo que no será enseguida- para un nuevo viaje.

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He leído este verano, en las pocas horas libres que me ha dejado la aventura

Carta blanca de Lorenzo Silva (el escenario de la tercera parte lo conozco muy bien)
Travesuras de la niña mala de Mario Vargas Llosa
El mágico aprendiz de Luis Landero (se lo debía... y me lo debía...)

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3 Comments:

At 8:42 p. m., Blogger Gatito viejo said...

Isabel, has vuelto, bienvenida. Te hemos echado de menos. Con este post hemos viajado a través de tu mirada, llena de lugares e impresiones. Siempre es duro volver a la rutina, pero es necesario. Los libros son un buen refugio para esta vuelta. Con ellos es más llevadero. Un abrazo

 
At 10:04 a. m., Blogger Isabel said...

Gracias Gatito.
Siempre me gusta saber que lees mis pequeñas cosas sin importancia y, además me ofreces tu comentario lleno de generosidad.
Sabes... cada día aprecio más a la gente desinteresada y generosa que nos hacen la vida mucho más agradable. Y no lo digo sólo por tus intervenciones en este blog, sino también, y sobre todo, por la generosidad con la que nos brindas tus lecturas y tus reflexiones.
Gracias de nuevo.
Un fuerte abrazo

 
At 6:51 p. m., Blogger Gatito viejo said...

Gracias, Isabel, siempre será un placer leerte. De nuevo un abrazo

 

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