17 septiembre, 2013

Cartas de amor


Las cartas de amor de Dylan Thomas son cartas llenas de verdad, declaraciones de amor y súplica repletas de lirismo y humor, de extrañamiento, de ternura o de ira, es decir, de todos aquellos componentes que conforman una historia de amor en la que los sentimientos se suelen suceder de forma contradictoria, a veces incomprensible- incluso- para quienes lo viven.
A través de sus cartas descubrimos la personalidad del autor. Sus debilidades, sus miedos, su desesperación o su soledad.

Quizás el género epistolar sea el más auténtico y verdadero. Parece más fácil mentir cuando se habla que cuando se escribe. Las palabras escritas se llenan de verdad y suelen estar dictadas por los sentimientos más profundos que tenemos.

En una de las cartas que escribe a Pamela Hansford Johnson, también poeta y su primera experiencia amorosa, Thomas hace una estupenda descripción de lo que en poesía –y por ende en cualquier género literario- realmente importa:
“Volvamos a su poesía (…). Demuestra en ella una tremenda pasión por las palabras y verdadero conocimiento de ellas. Su modo de articular la forma y su habilidad métrica se encuentran entre las mejores que conozco de nuestros contemporáneos. Pero lo más importante de todo es que los pensamientos que están contenidos en ella merecen ser expresados. (…). Lo que más me gusta de sus poemas es que en ellos se expone, no se niega, que en ellos se crea, no se destruye”
¿No es, este pequeño fragmento, todo un tratado de crítica literaria? La pasión por el lenguaje y la forma de apropiarse de él, la capacidad para expresar sentimientos y que estos sean dignos de ser expresados, las posibilidades que tiene la literatura para crear nuevos pensamientos, nuevas reflexiones, nuevas formas de ver y afrontar el mundo que nos rodea.

Dylan Thomas es “terriblemente” sincero cuando se expresa en sus cartas. No le importa mostrarse vulnerable, débil o necesitado. No pretender aparentar nada, fingir nada, construir un personaje de artificio para enamorar a sus destinatarias. Es como, si en cada carta dijera: “yo soy éste que ves, si quieres amarme, adelante”.
“No había trasquilones en mi carta anterior por la sencilla razón de que nunca corto ni quito nada. Nunca lo hago cuando escribo cartas, a pesar de que no hacerlo a veces me provoca un profundo remordimiento cuando lo pienso más tarde. Qué terriblemente fácil es resultar herido. A mí me hacen sufrir a diario las cosas más nimias y sutiles. Uno se pone la coraza todos los días pero el verdadero yo, el herido, sigue en el interior oculto a las miradas de los demás”

El género epistolar tiene también algo de violación de la intimidad. Leemos las cartas que alguien dirigió a otra persona como si entráramos a hurtadillas en la habitación de dos amantes. Espiamos escondidos, detrás de las líneas, los suspiros, las íntimas confesiones, las carencias y las debilidades normalmente ocultas tras las fachadas que cada cuál construye para protegerse. Vemos a los autores de esas cartas desnudos, observamos sus miserias, sus colgajos, también lo mejor -qué duda cabe- lo que nunca se nos mostró a los otros, lo desconocido, lo más humano y lo más divino puede estar en esas misivas.

A veces, estas cartas son también espejos de nuestras propias limitaciones, de lo que, también nosotros, mantenemos oculto a las miradas de los que nos rodean.

Ojalá pudiera hacerte entender lo que me pasa por la cabeza, pero no hay palabras capaces de describir este día tan desesperanzado.

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