28 junio, 2011

Un instante



Hay momentos en los que me gustaría detener el tiempo.
Cada vez más se trata de momentos pequeños, momentos en los que no estoy en ningún lugar especial, ni haciendo nada del otro mundo.
Esta calurosa tarde de junio, en el campito, escuchando el sonido de decenas de pájaros sobre el bambú y el rumor de los sauces al lado del estanque, el cielo azul plomo, nosotros leyendo en el porche, la música de Manuel y Jara tumbada a mis pies... Ha sido uno de esos momentos.

Nada especial, ya sé, pero durante esos breves instantes en los que levanté la vista del libro, sentí una infinita paz interior, un sosiego absoluto, la ausencia de dolor, de angustia, de miedo o preocupación. No había pasado ni futuro en ese instante, no había ninguna ciudad, ningún paisaje, fuera de allí. No había personas, ni recuerdos, ni nostalgias, ni añoranzas, ni deseos. Nada. Sólo esa sensación de plenitud, de no necesitar nada más, de tener todo lo que realmente importa. En ese preciso, precioso instante. 

  

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5 Comments:

At 8:27 p. m., Anonymous elbucaro said...

Te comprendo muy bien, me dedico continuamente con el cazamariposas a intentar cazar instantes como ese. Un besote.

 
At 10:40 p. m., Blogger isabel said...

El cazador de instantes. ¡Qué bonita imagen Búcaro! Un besazo

 
At 10:55 p. m., Blogger Isabel said...

¿Has leído el libro de Argullol?

 
At 4:23 p. m., Blogger Alberto San Segundo said...

Estaba desayunando y miraba el ramo de rosas apoyado sobre la encimera de la cocina. Creo que no pensaba en nada. De hecho, quizá por eso he visto el movimiento; quizá, si hubiera estado absorta en otra cosa, si la cocina no hubiera estado en silencio, si yo no me hubiera encontrado allí a solas, no habría estado lo bastante atenta. Pero estaba sola, tranquila y vacía. Por eso he podido acoger en mí el movimiento.
Ha sonado un ruidito, bueno, más bien, como si el aire se estremeciera e hiciera shhhh muy, muy, muy bajito. Era un capullo de rosa con un trocito de tallo quebrado, que caía sobre la encimera. En el momento de tocar la superficie ha emitido un puf, un puf en plan ultrasonido, de los que sólo oyen los ratones o los hombres si están muy, muy, muy en silencio. Yo me he quedado con la cuchara suspendida en el aire, totalmente embelesada. Era algo magnífico. ¿Pero qué era lo magnífico? Yo no daba crédito: no era más que un capullo de rosa en el extremo de un tallo quebrado que acababa de caer sobre la encimera. ¿Entonces?
Lo he comprendido al acercarme y al mirar el capullo de rosa inmóvil, que había concluido su caída. Es algo que tiene que ver con el tiempo, no con el espacio. Claro, siempre es bonito un capullo de rosa que acaba de caer con un movimiento grácil. Es tan artístico, dan ganas de pintarlo una y otra vez. Pero, al mirar caer este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la Belleza. Porque lo bello es lo que se coge en el momento en que ocurre. Es la configuración efímera de las cosas en el momento en que uno ve al mismo tiempo la belleza y la muerte.
¿Quiere esto decir que así es como uno tiene que vivir su vida? ¿Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desaparición?
Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren

Muriel Barbery.La elegancia del erizo

 
At 8:56 a. m., Blogger Isabel said...

Gracias Alberto por traer ese fragmento de La elegancia del erizo. No fue un libro que me gustara especialmente, pero sí, tenía pasajes como éste.
Un abrazo

 

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